sábado, 4 de septiembre de 2010

Muerte sin fin - José Gorostiza


Lleno de mí, sitiado en mi epidermis 
por un dios inasible que me ahoga, 
mentido acaso 
por su radiante atmósfera de luces 
que oculta mi conciencia derramada, 
mis alas rotas en esquirlas de aire, 
mi torpe andar a tientas por el lodo; 
lleno de mí —ahíto— me descubro 
en la imagen atónita del agua, 
que tan sólo es un tumbo inmarcesible, 
un desplome de ángeles caídos 
a la delicia intacta de su peso, 
que nada tiene 
sino la cara en blanco 
hundida a medias, ya, como una risa agónica, 
en las tenues holandas de la nube 
y en los funestos cánticos del mar 
—más resabio de sal o albor de cúmulo 
que sola prisa de acosada espuma. 
No obstante —oh paradoja— constreñida 
por el rigor del vaso que la aclara, 
el agua toma forma.
En él se asienta, ahonda y edifica, 
cumple una edad amarga de silencios 
y un reposo gentil de muerte niña, 
sonriente, que desflora 
un más allá de pájaros 
en desbandada. 
En la red de cristal que la estrangula, 
allí, como en el agua de un espejo, 
se reconoce; 
atada allí, gota con gota, 
marchito el tropo de espuma en la garganta 
¡qué desnudez de agua tan intensa, 
qué agua tan agua, 
está en su orbe tornasol soñando, 
cantando ya una sed de hielo justo! 
¡Mas qué vaso —también— más providente 
éste que así se hinche 
como una estrella en grano, 
que así, en heroica promisión, se enciende 
como un seno habitado por la dicha, 
y rinde así, puntual, 
una rotunda flor 
de transparencia al agua, 
un ojo proyectil que cobra alturas 
y una ventana a gritos luminosos 
sobre esa libertad enardecida 
que se agobia de cándidas prisiones!

¡Más que vaso —también— más providente! 
Tal vez esta oquedad que nos estrecha 
en islas de monólogos sin eco, 
aunque se llama Dios, 
no sea sino un vaso 
que nos amolda el alma perdidiza, 
pero que acaso el alma sólo advierte 
en una transparencia acumulada 
que tiñe la noción de Él, de azul. 
El mismo Dios, 
en sus presencias tímidas, 
ha de gastar la tez azul 
y una clara inocencia imponderable, 
oculta al ojo, pero fresca al tacto, 
como este mar fantasma en que respiran 
—peces del aire altísimo— 
los hombres. 
¡Sí, es azul! ¡Tiene que ser azul! 
Un coagulado azul de lontananza, 
un circundante amor de la criatura, 
en donde el ojo de agua de su cuerpo 
que mana en lentas ondas de estatura 
entre fiebres y llagas; 
en donde el río hostil de su conciencia 
¡agua fofa, mordiente, que se tira, 
ay, incapaz de cohesión al suelo! 
en donde el brusco andar de la criatura 
amortigua su enojo, 
se redondea 
como una cifra generosa, 
se pone en pie, veraz, como una estatua. 
¿Qué puede ser —si no— si un vaso no? 
Un minuto quizá que se enardece 
hasta la incandescencia, 
que alarga el arrebato de su brasa, 
ay, tanto más hacia lo eterno mínimo 
cuanto es más hondo el tiempo que lo colma. 
Un cóncavo minuto del espíritu 
que una noche impensada, 
al azar 
y en cualquier escenario irrelevante 
con el vuelo del pájaro, 
estalla en él como un cohete herido 
y en sonoras estrellas precipita 
su desbandada pólvora de plumas. 
Mas en la médula de esta alegría, 
no ocurre nada, no; 
sólo un cándido sueño que recorre 
las estaciones todas de su ruta 
tan amorosamente 
que no elude seguirla a sus infiernos, 
ay, y con qué miradas de atropina, 
tumefactas e inmóviles, escruta 
el curso de la luz, su instante fúlgido, 
en la piel de una gota de rocío; 
concibe el ojo 
y el intangible aceite 
que nutre de esbeltez a la mirada; 
gobierna el crecimiento de las uñas 
y en la raíz de la palabra esconde 
el frondoso discurso de ancha copa 
y el poema de diáfanas espigas. 
Pero aún más —porque en su cielo impío 
nada es tan cruel como este puro goce— 
somete sus imágenes al fuego 
de especiosas torturas que imagina 
—las infla de pasión, 
en la prisma del llanto las deshace, 
las ciega con el lustre de un barniz, 
las satura de odios purulentos, 
rencores zánganos 
como una mala costra, 
angustias secas como la sed del yeso. 
Pero aún más —porque, inmune a la mácula, 
tan perfecta crueldad no cede a límites— 
perfora la substancia de su gozo 
con rudos alfileres; 
piensa el tumor, la úlcera y el chancro 
que habrán de festonar la tez pulida, 
toma en su mano etérea a la criatura 
y la enjuta, la hincha o la demacra, 
como a un copo de cera sudorosa, 
y en un ilustre hallazgo de ironía 
la estrecha enternecido 
con los brazos glaciales de la fiebre. 
Mas nada ocurre, no, sólo este sueño 
desorbitado 
que se mira a sí mismo en plena marcha; 
presume, pues, su término inminente 
y adereza en el acto 
el plan de su fatiga, 
su justa vacación 
su domingo de gracia allá en el campo, 
al fresco albor de las camisas flojas. 
¡Qué trebolar mullido, qué parasol de niebla 
se regala en el ánimo 
para gustar la miel de sus vigilias! 
Pero el ritmo es su norma, el solo paso, 
la sola marcha en círculo, sin ojos; 
así, aun de su cansancio, extrae 
¡hop! 
largas cintas de cintas de sorpresas 
que en un constante perecer enérgico, 
en un morir absorto, 
arrasan sin cesar su bella fábrica 
hasta que —hijo de su misma muerte, 
gestado en la aridez de sus escombros— 
siente que su fatiga se fatiga, 
se erige a descansar de su descanso 
y sueña que su sueño se repite, 
irresponsable, eterno, 
muerte sin fin de una obstinada muerte, 
sueño de garza anochecido a plomo 
que cambia sí de pie, mas no de sueño, 
que cambia sí la imagen, 
mas no la doncellez de su osadía 
¡oh inteligencia, soledad en llamas! 
que lo consume todo hasta el silencio, 
sí, como una semilla enamorada 
que pudiera soñarse germinando, 
probar en el rencor de la molécula 
el salto de las ramas que aprisiona 
y el gusto de su fruta prohibida, 
ay, sin hollar, semilla casta, 
sus propios impasibles tegumentos.

¡Oh inteligencia, soledad en llamas 
que todo lo concibe sin crearlo! 
Finge el calor del lodo, 
su emoción de substancia adolorida, 
el iracundo amor que lo embellece 
y lo encumbra más allá de las alas 
a donde sólo el ritmo 
de los luceros llora, 
mas no le infunde el soplo que lo pone en pie 
y permanece recreándose a sí misma, 
única en Él, inmaculada, sola en Él, 
reticencia indecible, 
amoroso temor de la materia, 
angélico egoísmo que se escapa 
como un grito de júbilo sobre la muerte 
—oh inteligencia, páramo de espejos! 
helada emanación de rosas pétreas 
en la cumbre de un tiempo paralítico; 
pulso sellado; 
como una red de arterias temblorosas, 
hermético sistema de eslabones 
que apenas se apresura o se retarda 
según la intensidad de su deleite; 
abstinencia angustiosa 
que presume el dolor y no lo crea, 
que escucha ya en la estepa de sus tímpanos 
retumbar el gemido del lenguaje 
y no lo emite; 
que nada más absorbe las esencias 
y se mantiene así, rencor sañudo, 
una, exquisita, con su dios estéril, 
sin alzar entre ambos 
la sorda pesadumbre de la carne, 
sin admitir en su unidad perfecta 
el escarnio brutal de esa discordia 
que nutren vida y muerte inconciliables, 
siguiéndose una a otra 
como el día y la noche, 
una y otra acampadas en la célula 
como en un tardo tiempo de crepúsculo, 
ay, una nada más, estéril, agria, 
con Él, conmigo, con nosotros tres; 
como el vaso y el agua, sólo una 
que reconcentra su silencio blanco 
en la orilla letal de la palabra 
y en la inminencia misma de la sangre. 
                ¡ALELUYA, ALELUYA!

Iza la flor su enseña, 
agua, en el prado. 
¡Oh, qué mercadería 
de olor alado!

¡Oh, qué mercadería 
de tenue olor! 
¡cómo inflama los aires 
con su rubor!

¡Qué anegado de gritos 
está el jardín! 
«¡Yo, el heliotropo, yo!» 
«¿Yo? El jazmín.»

Ay, pero el agua, 
ay, si no huele a nada.

Tiene la noche un árbol 
con frutos de ámbar; 
tiene una tez la tierra, 
ay, de esmeraldas.

El tesón de la sangre 
anda de rojo; 
anda de añil el sueño; 
la dicha, de oro.

Tiene el amor feroces 
galgos morados; 
pero también sus mieses, 
también sus pájaros.

Ay, pero el agua, 
ay, si no luce a nada.

Sabe a luz, a luz fría, 
sí, la manzana. 
¡Qué amanecida fruta 
tan de mañana! 
¡Qué anochecido sabes, 
tú, sinsabor! 
¡cómo pica en la entraña 
tu picaflor!

Sabe la muerte a tierra, 
la angustia a hiel. 
Este morir a gotas 
me sabe a miel.

Ay, pero el agua, 
ay, si no sabe a nada.

[BAILE]

Pobrecilla del agua, 
ay, que no tiene nada, 
ay, amor, que se ahoga, 
ay, en un vaso de agua.

En el rigor del vaso que la aclara, 
el agua toma forma 
—ciertamente. 
Trae una sed de siglos en los belfos, 
una sed fría, en punta, que ara cauces 
en el sueño moroso de la tierra, 
que perfora sus miembros florecidos, 
como una sangre cáustica, 
incendiándolos, ay, abriendo en ellos 
desapacibles úlceras de insomnio. 
Más amor que sed; más que amor, idolatría, 
dispersión de criatura estupefacta 
ante el fulgor que blande 
—germen del trueno olímpico— la forma 
en sus netos contornos fascinados. 
¡Idolatría, sí idolatría! 
Mas no le basta el ser un puro salmo, 
un ardoroso incienso de sonido; 
quiere, además, oírse. 
Ni le basta tener sólo reflejos 
—briznas de espuma 
para el ala de luz que en ella anida; 
quiere, además, un tálamo de sombra, 
un ojo, 
para mirar el ojo que la mira. 
En el lago, en la charca, en el estanque, 
en la entumida cuenca de la mano, 
se consuma este rito de eslabones, 
este enlace diabólico 
que encadena el amor a su pecado. 
En el nítido rostro sin facciones 
el agua, poseída, 
siente cuajar la máscara de espejos 
que el dibujo del vaso le procura. 
Ha encontrado, por fin, 
en su correr sonámbulo, 
una bella, puntual fisonomía. 
Ya puede estar de pie frente a las cosas. 
Ya es ella también, aunque por arte 
de estas limpias metáforas cruzadas, 
un encendido vaso de figuras. 
El camino, la barda, los castaños, 
para durar el tiempo de una muerte 
gratuita y prematura, pero bella, 
ingresan por su impulso 
en el suplicio de la imagen propia 
y en medio del jardín, bajo las nubes, 
descarnada lección de poesía, 
instalan un infierno alucinante.

Pero el vaso en sí mismo no se cumple. 
Imagen de una deserción nefasta 
¿qué esconde en su rigor inhabitado, 
sino esta triste claridad a ciegas, 
sino esta tentaleante lucidez? 
Tenedlo ahí, sobre la mesa, inútil. 
Epigrama de espuma que se espiga 
ante un auditorio anestesiado, 
incisivo clamor que la sordera 
tenaz de los objetos amordaza, 
flor mineral que se abre para adentro 
hacia su propia luz, 
espejo ególatra 
que se absorbe a sí mismo contemplándose. 
Hay algo en él, no obstante, acaso un alma, 
el instinto augural de las arenas, 
una llaga tal vez que debe al fuego, 
en donde le atosiga su vacío. 
Desde este erial aspira a ser colmado. 
En el agua, en el vino, en el aceite, 
articula el guión de su deseo; 
se ablanda, se adelgaza; 
ya su sobrio dibujo se le nubla, 
ya embozado en el giro de un reflejo, 
en un llanto de luces se liquida.

Mas la forma en sí misma no se cumple. 
Desde su insigne trono faraónico, 
magnánima, 
deífica, 
constelada de epítetos esdrújulos, 
rige con hosca mano de diamante. 
Está orgullosa de su orondo imperio. 
¡En las augustas pituitarias de ónice 
no juega, acaso, el encendido aroma 
con que arde a sus pies la poesía? 
¡Ilusión, nada más gentil narcótico 
que puebla de fantasmas los sentidos! 
Pues desde ahí donde el dolor emite 
¡oh turbio sol de podre! 
el esmerado brillo que lo embosca, 
ay, desde ahí, presume la materia 
que apenas cuaja su dibujo estricto 
y ya es un jardín de huellas fósiles, 
estruendoso fanal, 
rojo timbre de alarma en los cruceros 
que gobierna la ruta hacia otras formas. 
La rosa edad que esmalta su epidermis 
—senil recién nacida— 
envejece por dentro a grandes siglos. 
Trajo puesta la proa a lo amarillo. 
El aire se coagula entre sus poros 
como un sudor profuso 
que se anticipa a destilar en ellos 
una esencia de rosas subterráneas. 
Los crudos garfios de su muerte suben, 
como musgo, por grietas inasibles, 
ay, la hostigan con tenues mordeduras 
y abren hueco por fin a aquel minuto 
—¡miradlo en la lenteja del reloj, 
neto, puntual, exacto, 
correrse un eslabón cada minuto!— 
cuando al soplo infantil de un parpadeo, 
la egregia masa de ademán ilustre 
podrá caer de golpe hecha cenizas.

No obstante —¿por qué no?— también en ella 
tiene un rincón el sueño, 
árido paraíso sin manzana 
donde suele escaparse de su rostro, 
por el rostro marchito del espectro 
que engendra aletargada, su costilla. 
El vaso de agua es el momento justo. 
En su audaz evasión se transfigura, 
tuerce la órbita de su destino 
y se arrastra en secreto hacia lo informe. 
La rapiña del tacto no se ceba 
—aquí, en el sueño inhóspito— 
sobre el templado nácar de su vientre, 
ni la flauta Don Juan que la requiebra 
musita su cachonda serenata. 
El sueño es cruel, 
ay, punza, roe, quema, sangra, duele. 
Tanto ignora infusiones como ungüentos. 
En los sordos martillos que la afligen 
la forma da en el gozo de la llaga 
y el oscuro deleite del colapso. 
Temprana madre de esa muerte niña 
que nutre en sus escombros paulatinos, 
anhela que se hundan sus cimientos 
bajo sus plantas, ay, entorpecidas 
por una espesa lentitud de lodo; 
oye nacer el trueno del derrumbe; 
siente que su materia se derrama 
en un prurito de ácidas hormigas; 
que, ya sin peso, flota 
y en un claro silencio se deslíe. 
Por un aire de espejos inminentes 
¡oh impalpables derrotas del delirio! 
cruza entonces, a velas desgarradas, 
la airosa teoría de una nube.

En la red de cristal que la estrangula, 
el agua toma forma, 
la bebe, sí, en el módulo del vaso, 
para que éste también se transfigure 
con el temblor del agua estrangulada 
que sigue allí, sin voz, marcando el pulso 
glacial de la corriente. 
Pero el vaso 
—a su vez— 
cede a la informe condición del agua 
a fin de que —a su vez— la forma misma, 
la forma en sí, que está en el duro vaso 
sosteniendo el rencor de su dureza 
y está en el agua de aguijada espuma 
como presagio cierto de reposo, 
se pueda sustraer al vaso de agua; 
un instante, no más, 
no más que el mínimo 
perpetuo instante del quebranto, 
cuando la forma en sí, la pura forma, 
se abandona al designio de su muerte 
y se deja arrastrar, nubes arriba, 
por ese atormentado remolino 
en que los seres todos se repliegan 
hacia el sopor primero, 
a construir el escenario de la nada. 
Las estrellas entonces ennegrecen. 
Han vuelto al dardo insomne 
a la noche perfecta de su aljaba.

Porque en el lento instante del quebranto, 
cuando los seres todos se repliegan 
hacia el sopor primero 
y en la pira arrogante de la forma 
se abrasan, consumidos por su muerte 
—¡ay, ojos, dedos, labios, 
etéreas llamas del atroz incendio!— 
el hombre ahoga con sus manos mismas, 
en un negro sabor de tierra amarga, 
los himnos claros y los roncos trenos 
con que cantaba la belleza, 
entre tambores de gangoso idioma 
y esbeltos címbalos que dan al aire 
sus golondrinas de latón agudo; 
ay, los trenos e himnos que loaban 
la rosa marinera 
que consuma el periplo del jardín 
con sus velas henchidas de fragancia; 
y el malsano crepúsculo de herrumbre, 
amapola del aire lacerado 
que se pincha en las púas de un gorjeo; 
y la febril estrella, lis de calosfrío, 
punto sobre las íes 
de las tinieblas; 
y el rojo cáliz del pezón macizo, 
sola flor de granado 
en la cima angustiosa del deseo, 
y la mandrágora del sueño amigo 
que crece en los escombros cotidianos 
—ay, todo el esplendor de la belleza 
y el bello amor que la concierta toda 
en un orbe de imanes arrobados.

Porque el tambor rotundo 
y las ricas bengalas que los címbalos 
tremolan en la altura de los cantos, 
se anegan, ay, en un sabor de tierra amarga, 
cuando el hombre descubre en sus silencios 
que su hermoso lenguaje se le agosta, 
se le quema —confuso— en la garganta, 
exhausto de sentido; 
ay, su aéreo lenguaje de colores, 
que así se jacta del matiz estricto 
en el humo aterrado de sus sienas 
o en el sol de sus tibios bermellones; 
él, que discurre en la ansiedad del labio 
como una lenta rosa enamorada; 
él, que cincela sus celos de paloma 
y modula sus látigos feroces; 
que salta en sus caídas 
con un ruidoso síncope de espumas; 
que prolonga el insomnio de su brasa 
en las mustias cenizas del oído; 
que oscuramente repta 
e hinca enfurecido la palabra 
de hiel, la tuerta frase de ponzoña; 
él que labra el amor del sacrificio 
en columnas de ritmos espirales, 
sí, todo él, lenguaje audaz del hombre, 
se le ahoga —confuso— en la garganta 
y de su gracia original no queda 
sino el horror de un pozo desecado 
que sostiene su mueca de agonía. 
Porque el hombre descubre en sus silencios 
que su hermoso lenguaje se le agosta 
en el minuto mismo del quebranto, 
cuando los peces todos 
que en cautelosas órbitas discurren 
como estrellas de escamas, diminutas, 
por la entumida noche submarina, 
cuando los peces todos 
y el ulises salmón de los regresos 
y el delfín apolíneo, pez de dioses, 
deshacen su camino hacia las algas; 
cuando el tigre que huella 
la castidad del musgo 
con secretas pisadas de resorte 
y el bóreas de los ciervos presurosos 
y el cordero Luis XV, gemebundo, 
y el león babilónico 
que añora el alabastro de los frisos 
—¡flores de sangre, eternas, 
en el racimo inmemorial de las especies!— 
cuando todos inician el regreso 
a sus mudos letargos vegetales; 
cuando la aguda alondra se deslíe 
en el agua del alba, 
mientras las aves todas 
y el solitario búho que medita 
con su antifaz de fósforo en la sombra, 
la golondrina de escritura hebrea 
y el pequeño gorrión, hambre en la nieve, 
mientras todas las aves se disipan 
en la noche enroscada del reptil; 
cuando todo —por fin— lo que anda o repta 
y todo lo que vuela o nada, todo, 
se encoge en un crujir de mariposas, 
regresa a sus orígenes 
y al origen fatal de sus orígenes, 
hasta que su eco mismo se reinstala 
en el primer silencio tenebroso.

Porque los bellos seres que transitan 
por el sopor añoso de la tierra 
—¡tragos de sangre, libres, 
en la pantalla de su sueño impuro!— 
todos se dan a un frenesí de muerte, 
ay, cuando el sauce 
acumula su llanto 
para urdir la substancia de un delirio 
en que —¡tú! ¡yo! ¡nosotros!— de repente, 
a fuerza de atar nombres destemplados, 
ay, no le queda sino el tronco prieto, 
desnudo de oración ante su estrella; 
cuando con él, desnudos, se sonrojan 
el álamo temblón de encanecida barba 
y el eucalipto rumoroso, 
témpano de follaje 
y tornillo sin fin de la estatura 
que se pierde en las nubes, persiguiéndose; 
y también el cerezo y el durazno 
en su loca efusión de adolescentes 
y la angustia espantosa de la ceiba 
y todo cuanto nace de raíces, 
desde el heroico roble hasta la impúbera 
menta de boca helada; 
cuando las plantas de sumisas plantas 
retiran el ramaje presuntuoso, 
se esconden en sus ásperas raíces 
y en la acerba raíz de sus raíces 
y presas de un absurdo crecimiento 
se desarrollan hacia la semilla, 
hasta quedar inmóviles 
¡oh cementerios de talladas rosas! 
en los duros jardines de la piedra.

Porque desde el anciano roble heroico 
hasta la impúbera 
menta de boca helada, 
ay, todo cuanto nace de raíces 
establece sus tallos paralíticos 
en los duros jardines de la piedra, 
cuando el rubí de angélicos melindres 
y el diamante iracundo 
que fulmina a la luz con un reflejo, 
más el ario zafir de ojos azules 
y la geórgica esmeralda que se anega 
en el abrilde su robusta clorofila, 
una a una, las piedras delirantes, 
con sus lindas hermanas cenicientas, 
turquesa, lapislázuli, alabastro, 
pero también el oro prisionero 
y la plata de lengua fidedigna, 
ingenuo ruiseñor de los metales 
que se ahoga en el agua de su canto; 
cuando las piedras finas 
y los metales exquisitos, todos, 
regresan a sus nidos subterráneos 
por las rutas candentes de la llama, 
ay, ciegos de su lustre, 
ay, ciegos de su ojo, 
que el ojo mismo, 
como un siniestro pájaro de humo, 
en su aterida combustión se arranca.

Porque raro metal o piedra rara, 
así como la roca escueta, lisa, 
que figura castillos 
con sólo naipes de aridez y escarcha, 
y así la arena de arrugados pechos 
y el humus maternal de entraña tibia, 
ay, todo se consume 
con un mohíno crepitar de gozo, 
cuando la forma en sí, la forma pura, 
se entrega a la delicia de su muerte 
y en su sed de agotarla a grandes luces 
apura en una llama 
el aceite ritual de los sentidos, 
que sin labios, sin dedos, sin retinas, 
sí paso a paso, muerte a muerte, locos, 
se acogen a sus túmidas matrices, 
mientras unos a otros se devoran 
al animal, la planta 
a la planta, la piedra 
a la piedra, el fuego 
al fuego, el mar 
al mar, la nube 
a la nube, el sol 
hasta que todo este fecundo río 
de enamorado semen que conjuga, 
inaccesible al tedio, 
el suntuoso caudal de su apetito, 
no desemboca en sus entrañas mismas, 
en el acre silencio de sus fuentes, 
entre un fulgor de soles emboscados, 
en donde nada es ni nada está, 
donde el sueño no duele, 
donde nada ni nadie, nunca, está muriendo 
y solo ya, sobre las grandes aguas, 
flota el Espíritu de Dios que gime 
con un llanto más llanto aún que el llanto, 
como si herido —¡ay, Él también!— por un cabello 
por el ojo en almendra de esa muerte 
que emana de su boca, 
hubiese al fin ahogado su palabra sangrienta. 
                ¡ALELUYA, ALELUYA!

¡Tan-tan! ¿Quién es? Es el Diablo, 
es una espesa fatiga, 
un ansia de trasponer 
estas lindes enemigas, 
este morir incesante, 
tenaz, esta muerte viva, 
¡oh Dios! que te está matando 
en tus hechuras estrictas, 
en las rosas y en las piedras, 
en las estrellas ariscas 
y en la carne que se gasta 
como una hoguera encendida, 
por el canto, por el sueño, 
por el color de la vista.

¡Tan-tan! ¿Quién es? Es el Diablo, 
ay, una ciega alegría, 
un hambre de consumir 
el aire que se respira, 
la boca, el ojo, la mano; 
estas pungentes cosquillas 
de disfrutarnos enteros 
en sólo un golpe de risa, 
ay, esta muerte insultante, 
procaz, que nos asesina 
a distancia, desde el gusto 
que tomamos en morirla, 
por una taza de té, 
por una apenas caricia.

¡Tan-tan! ¿Quién es? Es el Diablo, 
es una muerte de hormigas 
incansables, que pululan 
¡oh Dios! sobre tus astillas, 
que acaso te han muerto allá, 
siglos de edades arriba, 
sin advertirlo nosotros, 
migajas, borra, cenizas 
de ti, que sigues presente 
como una estrella mentida 
por su sola luz, por una 
luz sin estrella, vacía, 
que llega al mundo escondiendo 
su catástrofe infinita.

[BAILE]

Desde mis ojos insomnes 
mi muerte me está acechando, 
me acecha, sí, me enamora 
con su ojo lánguido. 
¡Anda putilla del rubor helado, 
anda, vámonos al diablo!



René Ostos ;)

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